lunes, 20 de agosto de 2007

MENSAJES EN BOTELLAS

Estas historias de botellas que viajaron por el camino del agua se pueden encontrar exhibidas en el Museo del Puerto de Ingeniero White, Bahía Blanca.

COSAS DE LA MAR 1

El camino del agua

En el taller de lectura y escritura para chicos de La casa del sol albañil de Bahía Blanca empezó a urdirse esta historia allá por agosto del 91.
En realidad la historia había empezado mucho antes. Laura Devetach, escritora argentina, habla en uno de sus libros –Cuentos que no son cuento- de una botella que viajó veinte años por el mar. Una botella con mensaje que fue arrojada en las costas de Brasil y cruzó todo el océano. La aventurera llegó hasta Alemania y fue puente de encuentro entre gente de acá y gente de allá. En el Museo de Comunicaciones de Buenos Aires se conservan botella y mensajes para quien quiera disfrutarlos.
Cuando compartí el texto con el grupo de chicos de ocho y nueve años que concurría al taller, se instaló en nosotros el deseo de probar suerte otra vez. La tarde del 6 de agosto invité a los pibes a escribir mensajes para encontrar algún amigo por el camino del agua.
Y se pusieron manos a la obra. A la luz de una vela quemamos los bordes de los papeles. Lacramos los corchos y las palabras se hicieron abrazo dentro de las botellas.
Cuando llegamos al Puerto de Ingeniero White, atardecía. Un cielo rojo y malva y un puñado de gaviotas tejieron ronda sobre nosotros. Celebramos con buenos deseos cada una de las botellas arrojadas al mar.
Y las vimos alejarse impulsadas por la corriente de la ría.

Los palomares

Martín Marzullo había cumplido aquella primavera ocho años. La tarde de setiembre lo vio llegar al taller con un sobre latiendo entre sus manos. Su botella con mensaje había sido recogida por un trabajador del Puerto de Coronel Rosales.
Jorge Pérez lo decía en la carta que acompañaba con un mapa de la costa.
Con una flechita estaba señalado el lugar aproximado del hallazgo.
Siguiendo el juego, los bordes del papel habían sido quemados.
Jorge Pérez debía ser un hombre que mantenía el sueño y el juego intactos.
Y nos crecieron ganas de conocerlo. Le mandamos cartas y dibujos y lo invitamos a visitar el taller. Lo que nos contó en aquel encuentro confirmó lo que habíamos pensado de él y lo recogió de mi relato Eduardo Galeano que estuvo en Bahía Blanca en marzo del 96. La historia se enriqueció a través de su escritura.
La botella por Eduardo Galeano

“En la mañana de su desdicha, Jorge Pérez se echó a caminar. Caminó sin saber por qué, sin saber adónde, obedeciendo a sus piernas, que estaban más vivas que él y se movían sin consultarlo. Aquella mañana Jorge se había quedado sin trabajo. En un santiamén, y sin explicaciones, había sido echado de su empleo de muchos años en la refinería de petróleo. Y al llegar a casa había recibido carta de su único hijo, que era toda la familia que le quedaba. El hijo le decía que se sentía de los más bien navegando en alta mar y que no pensaba volver. Sin nada, sin nadie, Jorge se echó a navegar a la hora en que nada ni nadie hace sombra en este mundo. Bajo el sol vertical , las piernas lo fueron llevando a lo largo de la costa sur de Puerto Rosales. Y por ahí andaba, mirando sin ver, cuando le golpeó los ojos el fulgor de una botella atrapada entre los juncos. Jorge se agachó en el barro y la recogió. Era una botella de vino, pero no era vino lo que tenía adentro. En la botella, cerrada con tapón de lacre, había papeles. No hay dos sin tres, temió Jorge, pero más pudo la curiosidad. Rompió el pico contra una piedra y encontró unos dibujos, algo borroneados por el agua que se había filtrado. Eran dibujos de soles y gaviotas, soles que volaban y gaviotas que brillaban. También había una carta, que había venido desde Bahía Blanca navegando por el mar y estaba dirigida a quien encuentre este mensaje:
Hola, soy Martín. Yo tengo ocho anios. A mí me gustan los nioquis, los huebos fritos y el color berde. A mí me gusta dibujar. Yo busco un amigo por los caminos del agua.”

Inicialmente este texto fue publicado por la revista La maga el 23 de octubre de 1994. Ahora forma parte del libro de Eduardo Galeano “Bocas del tiempo”

Una historia de nunca acabar

La vidriera del kiosco de la calle Darregueira al 1200 parecía estallar en un gran sol pintado de naranja. A un costado se leía clarito: La casa del sol.
El hallazgo me sorprendió y entré. Allí estaba Jorge Pérez. Con los pocos pesos del “retiro voluntario” se había puesto un kiosco y estaba probando suerte.
-La gente del barrio me pregunta si le puse La casa del sol porque está en la vereda del sol-, me confió- pero yo les digo que no y les cuento la historia.

En la casa del sol albañil se llevó a cabo durante diez años (1986-1996) una experiencia interdisciplinaria de Educación por el Arte que incluía talleres de Literatura, Plástica, Eexpresión Corporal, Música y Teatro, destinados a niños adolescentes y adultos.
También se desarrollaron actividades de animación de la lectura y se dictaron cursos y talleres para docentes y bibliotecarios. Fue fundada por Mirta Colangelo y Miguel Angel Carra.

Y claro que la historia no se acaba:

Octubre de 2007

Cuando sonó el teléfono en mi casa y al atenderlo una voz me dijo que era Jorge el que hablaba yo no lo reconocí.
- Jorge Pérez, habla. Hoy es el día del aniversario.
- ¿Qué aniversario?, pregunté.
- Hoy es el día en el que encontré la botella, me respondió.
Dieciséis años después, Jorge Pérez celebraba cada año el día del aniversario en el que había encontrado una botella con mensaje escrito por un pibe.
Charlamos un rato y le conté que Eduardo Galeano, un gran escritor uruguayo, había escrito la historia y que yo podía hacerle una copia de ese texto.
Me preguntó si estaba publicada.
- Bocas del tiempo, se llama el libro,- le dije.
Jorge se conmovió y habló de lo bueno que era que él solo hubiera sido el que encontrara la botella. -De haber sido varios,- reflexionaba,-no hubiera sido lo mismo.-
Nos despedimos con la alegría de haber compartido ese reencuentro.


Vísperas de la Navidad del 2007


Otra vez un llamado de Jorge Pérez.
Lo hacía para contarme que después de muchas vueltas había dado con una librería donde pudo comprar Bocas del tiempo.
-Ahí estoy yo,- repetía una y otra vez, emocionado, -con nombre y apellido estoy yo. El libro lo voy a guardar para mis nietos.-

Mirta Colangelo Coordinadora del taller


COSAS DE LA MAR 2




Y ya que había sucedido una vez por qué no una segunda.
Año 2000. Otro espacio. Otro grupo, otro taller. Esta vez estaba yo trabajando en el Patronato de la Infancia de Bahía Blanca, donde coordiné desde 1996 hasta 2007 el taller literario para niños Cuentos con sol, que incluía un arrimo con la plástica.
Les conté a los chicos la historia que Laura escribió y lo que nos había sucedido hacía un tiempito cuando probamos con otros pibes encontrar amigos por el camino del agua. Les leí el texto de Eduardo Galeano.
Se entusiasmaron y quisieron reiterar la experiencia.
Escribieron mensajes y preparamos las botellas: todas de vidrio reluciente, todas bien lacradas.
Y hacia el Puerto de White nos fuimos en el micro del Patro la tarde del 8 de febrero. Durante todo el viaje dijimos coplas, pequeños poemas y saludamos a la gente.
Estábamos tan contentos.

Me gusta la leche me gusta el café pero más me gustan los ojos de usted Pan es pan queso es queso no hay amor si no hay un beso Ay! ¡qué trabajo me cuesta quererte como te quiero por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero!... sonaban las voces en el aire. Y juntamos girasoles que crecían cerca de unas vías y nos reímos. Cada botella que arrojamos al mar fue acompañada de un Buena suerte dicho tres veces en voz alta. Vázquez, el chofer, decía que nunca se iba a olvidar de ese viaje, nosotros tampoco. Volvimos y se inició la espera. Una espera esperanzada que hacía crecer el deseo. Y la mañana del 2 de abril Carlos González llamó por teléfono diciendo que él y su familia estaban en una playa cercana a Pehuén-Có, unos ochenta km. distante de Bahía Blanca, cuando encontraron entre unas rocas una botellita con mensaje. Era el que había escrito Christian Guittlein, 12 años, uno de los niños del taller. Como él decía que le gustaban los chorizos y las naranjas, González me propuso traerlos y almorzar juntos con todos los pibes internados. Sería una sorpresa para Christian. Yo le pedí que le escribieran una carta para leérsela el día del encuentro. Y la mañana del sábado Carlos, su mujer y su hija nos visitaron y aquel almuerzo fue cosa para recordar. Cuando la muchacha al leer la carta dijo que el chico que había escrito el mensaje de la botella decía que le gustaban los chorizos y las naranjas, Christian se puso de pie, emocionado, diciendo:-El de los chorizos soy yo- y todos celebramos que aquella botella hubiera llegado a manos amigas. Durante muchos meses la hermana de Carlos González, una señora mayor que vive en Coronel Suárez y que también estaba presente en el momento del hallazgo de la botella, mantuvo correspondencia con Christian. Sus cartas llegaban acompañadas de dulces, de mandarinas y de palabras cariñosas.
Sucedidos que confirman la no linealidad de la vida. En tiempos en los que se prestigia la inmediatez, lo urgente, la supuesta ultra comunicación que ofrecen los aparatos electrónicos o cibernéticos, creer en la espera, en el camino del agua, en el azar, en los encuentros a deshora, como diría Cortázar y disfrutar intensamente.

Mirta Colangelo
Coordinadora del taller

2 comentarios:

Marilina dijo...

Te quedas ahi, dijiste, en el rinconcito mas luminoso de esta casa del sol albañil, que es tu casa, y seguro fue asi,parece que ese sol nos cobijo a unos cuantos... Y hoy que despues de bastantes años me reencuentro con la escritura y la palabra, me encuentro "casualmente" con Bocas del tiempo y con este blog... Paradogicamente el ciberespacio me encontro a deshora, con alguien que me devolvio a estos caminos. un abrazo.

Luciano Bartolomei dijo...

Hola, mi nombre es Luciano y fui parte del grupo que escribió los mensajes y arrojo las botellas. Tenia 7 u 8 años y todavía recuerdo ese día. Las vueltas de la vida hicieron que deje Bahía Blanca para luego radicarme en Junín junto a mi familia y posteriormente venir a la ciudad de Buenos Aires a estudiar para aquí quedarme (por ahora)

Mirta, te mando un abrazo

Que lindos recuerdos de La Casa del Sol Albañíl!